Los cambios nos acercan mucho al Señor. «Todo declina, todo ha de morir. Tú que no cambias, sigue junto a mí»1. Todo cambia, pero Jesús nunca. Únicamente Él es constante.

Una de las circunstancias en que esto más se evidencia es cuando nos mudamos de casa, cambiamos de trabajo o nos vamos a residir a otro país. Nos acostumbramos a una vivienda, a ciertas posesiones, a ciertos amigos o cierto modo de proceder, y tendemos a apoyarnos o depositar nuestra confianza en esas cosas. Algunos empresarios, maestros y estudiantes que se desplazan al extranjero sienten un choque cultural porque han estado acostumbrados a llevar siempre la misma vida: el mismo idioma, los mismos amigos, la misma casa. De repente ya no se pueden apoyar en esas cosas.

Los cristianos contamos con una ventaja para adaptarnos a los cambios: tenemos un ancla que nos mantiene firmes y seguros. Tenemos una roca maciza en la que siempre podemos confiar. En cierto modo nuestra vida no varía mucho de día en día, porque todos los días confiamos en el Señor. Tenemos esa roca —esa ancla— que nos proporciona seguridad y protección constantes, sin importar las olas que la azoten.

Pase lo que pase, donde sea que vayamos o vivamos, en toda circunstancia, Dios está presente. Él siempre nos guardará, sí o sí. Por eso podemos gozar de una maravillosa sensación de seguridad que las personas no creyentes desconocen, por mucho tiempo que residan en el mismo lugar, por más que hagan lo mismo, que vayan al mismo colegio, vivan en la misma casa, tengan los mismos animales de compañía y conserven los mismos amigos. Su sensación de seguridad puede truncarse de un momento a otro y desmoronarse; basta con que se altere una de esas cosas en las que se apoyan. En cambio, «los que hemos acudido a Él en busca de refugio podemos estar bien confiados aferrándonos a la esperanza que está delante de nosotros. Esta esperanza es un ancla firme y confiable para el alma»2.

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Si te sientes golpeado por el tempestuoso mar de la vida, ¿por qué no dejas que Jesús sea tu ancla? Simplemente pídele:

Querido Jesús, te ruego que entres en mí y que me des la seguridad y estabilidad que tienen los que te conocen, ocurra lo que ocurra a mi alrededor. Amén.

 


1. Tomado del himno No me abandones, de H. Lyte, 1847
2. Hebreos 6:18,19 (NTV)

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