Antes de meterme de lleno en la jornada de trabajo y lidiar con una larga lista de asuntos pendientes, me detuve una media hora para hacer una lectura devocional, acompañada de oración y meditación. La Biblia se abrió al azar por Hebreos 11, que se conoce como el capítulo de la fe. Mientras leía los increíbles milagros que ha obrado la fe a través de los tiempos, me di cuenta de que muchas de esas cosas también han ocurrido en mi vida. En vista de que acababa de cumplir 60 años, pasé un rato reflexionando sobre todo lo que llevo recorrido hasta ahora y redacté mi propio capítulo de la fe:

 

Por medio de la fe he tenido fuerzas para hacer frente a las muchas adversidades con las que me ha tocado luchar.

Por la fe hace 20 años me aventuré a trasladarme a África, y Dios no me ha fallado en ninguna de las promesas que me hizo acerca de mi seguridad aquí.

La fe me ha permitido soportar una enfermedad crónica y me ha conducido a personas que me han ayudado.

Por medio de la fe, el ciclo de generosidad que comencé hace muchos años se ha mantenido, ha crecido y ha motivado a otras personas a integrarse a él, y nunca ha faltado nada.

Con fe superé las dificultades económicas, y los obstáculos se desvanecieron. Los nubarrones que cubrían mi camino se disiparon en el momento preciso, y pude ver lo que había por delante.

Cuando llegué a una difícil encrucijada, la fe me impulsó en la dirección indicada.

En los momentos de decepción, cuando mi fe vacilaba, la luz de la Palabra de Dios reavivó su llama y me infundió nuevas esperanzas.

Por medio de la fe se me curó la herida que me produjo la pérdida de un hijo, y hallé consuelo en la Palabra de Dios.

La fe robustecida por la oración obró milagros, construyó puentes y creó posibilidades a pesar de aparentes derrotas.

La fe me ayudó a superar enfermedades y oposición, y tornó las desventajas en valiosas oportunidades.

La fe iluminó los tramos más oscuros de mi recorrido y me alumbró el camino en cada túnel.

Por medio de la fe una amiga se curó de cáncer y recobró fuerzas para consolar a otros que sufren esa misma enfermedad.

La fe me dio nuevos horizontes cuando todo parecía perdido.

La fe ha enternecido duros corazones, rescatado almas perdidas y sanado depresiones.

La fe ha sido como un hilo de oro en el tapiz de mi vida y me ha demostrado una y otra vez que es lo único que hace falta para encarar cualquier tempestad. Si lo perdiera todo menos la fe en Dios y Su bondad, no sufriría pérdida alguna.

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