Después de pasar unas semanas difíciles, comencé a cuestionar mi fe. No dudaba de Dios, sino que cuestionaba mi fe ante las dificultades. Además estaba preocupada porque estoy entrando en años, y me reprochaba a mí misma el haberme convertido en una debilucha y no ser capaz de mantener el ritmo de antes. Así las cosas, acepté agradecida una invitación de mi hija Madi para ir de excursión a un lugar llamado Roca Encantada.

A pesar de que madrugamos, no conseguimos nuestro objetivo de llegar antes del amanecer. Sin embargo, como había bruma, la temperatura todavía era agradable y nos sentíamos frescas cuando empezamos el ascenso por las colinas rocosas. Tomamos unas fotos divertidas. En una mi hija aparecía sentada en lo que se asemejaba a una enorme mano ahuecada de piedra.

Cuando llegamos a la cima de la segunda colina, Madi me dijo que tenía curiosidad por ver lo que había del otro lado, más allá del sendero trillado. Fue emocionante ­—hasta tonificante— abrirnos camino por entre formaciones rocosas e incluso por estrechos pasadizos de regreso hacia el valle, que estaba más lejos de lo que parecía.

Lo que sucedió luego fue muy repentino. Madi llegó a una parte muy inclinada junto a un muro rocoso. Al apoyar allí el pie, se deslizó unos tres metros sobre el granito mojado, que estaba tan resbaladizo como si fuera hielo. A continuación escuché el golpe cuando se dio contra el muro de piedra que había en la base. Gracias a Dios pudo extender los brazos y amortiguar el impacto en el torso; pero se pegó muy duro en la rodilla. Aunque me repitió una y otra vez que estaba bien, yo sabía que no era verdad.

Desde donde yo estaba, en lo alto de la parte inclinada, alcancé a ver que la rodilla se le iba hinchando y poniendo azul. Sabía que tenía que bajar a ayudarla. Pensé que con un poco de cuidado lo conseguiría; pero en cuanto me apoyé en la superficie resbalosa, las piernas me fallaron, caí sobre la cadera y me golpeé la cabeza. Ambas terminamos en el fondo. No había modo de subir ni bajar.

Nos examinamos las lesiones y nos dimos cuenta de que la única salida era hacia un costado, pasando por encima de unas rocas. Oramos por la rodilla de Madi y milagrosamente la inflamación se detuvo. Hasta nos pareció que la contusión se reducía de tamaño.

Allí estaba yo, parada junto a una roca que me llegaba a la altura de los hombros. Sabía que tenía que encontrar una forma de treparla. Observé que había una grieta de la que podía asirme. Mi hija me empujó todo lo que pudo, y logré subirme. Una vez arriba, tiré de ella. Así fuimos avanzando, ayudándonos mutuamente a pasar por encima de rocas, por cuevas y pasadizos, hasta llegar de vuelta a la cima. Para entonces casi nos habíamos olvidado de nuestros dolores y celebramos el hecho de que estábamos bien y no había sido mucho peor.

Desde aquel incidente, el concepto que tenía de mi fe ha cambiado. Me he dado cuenta de que soy mucho más fuerte de lo que pensaba. Una debilucha no habría intentado trepar por aquellas rocas. La fuerza que sentí aquel día fue casi sobrenatural. Mi preocupación por mi hija y mi afán por llevarla a un lugar seguro me convencieron de que era capaz de cualquier cosa. Una vez que entendí que la única salida era hacia arriba, supe que no podía dejarme vencer por el miedo. Tenía que hacer frente a mi debilidad y tornarla en fortaleza. Tenía que pedirle a Dios que me diera la fuerza y el valor que necesitaba.

Un versículo que cobró más vida que nunca ese día fue «Cristo en vosotros, la esperanza de gloria»1. No tenemos un Dios distante. Cuando necesitamos de Él, contamos interiormente con el poder de Cristo para superar cualquier dificultad y obstáculo. No tenemos que preocuparnos por nuestra debilidad o falta de fe. La fuerza y la fe que Él nos comunica se manifiestan en nosotros cuando nos hace falta ayuda para afrontar los obstáculos y las circunstancias difíciles.

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Todo el que logra el éxito en una gran empresa va resolviendo los problemas a medida que se presentan […] y sigue adelante a despecho de los obstáculos con que se topa. W. Clement Stone (1902–2002)

 

Si deseamos que nuestra fe se fortalezca, no debemos rehuir las oportunidades en las que esta pueda ser puesta a prueba. Nuestra fe se verá fortalecida por medio de esas pruebas. George Müller (1805–1898)

 

No pujes con tus propias fuerzas; arrójate a los pies del Señor Jesús y espera en Él, con la certeza y confianza de que Él está en ti y obra por medio de ti. Persiste en la oración, deja que tu corazón se llene de fe, y así te fortalecerás en el Señor y en el poder de Su fuerza. Andrew Murray (1828–1917)

 


1. Colosenses 1:27

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