Justo antes de irme a la India, donde hice voluntariado durante varios años, una amiga me hizo un obsequio de despedida muy original, que a mí me pareció también muy útil.

—Estoy preocupada por ti —me dijo—. Te vas a un país difícil. Te puede venir bien contar con esto.

En la cajita había una pequeña inscripción: «La moneda de oro más pequeña del mundo».

La guardé y me la llevé conmigo a la India y posteriormente a Nepal.

Mi amiga estaba en lo cierto. Las cosas no siempre resultaron fáciles, y nos enfrentamos a vicisitudes de todo tipo: inclemencias del tiempo, enfermedades tropicales, aprietos económicos. Nunca nos faltó lo esencial, pero a menudo sí tuvimos que prescindir de ciertas comodidades.

Aunque en varias oportunidades mi marido y yo consideramos la posibilidad de vender aquella moneda, acordamos que la conservaríamos para alguna emergencia y que no haríamos uso de ella a menos que fuera absolutamente necesario. Cada vez que salía a relucir el tema, siempre arribábamos a la conclusión de que la situación no era tan extrema y volvíamos a guardar la monedita en mi maleta.

Al cabo de ocho años regresamos a Europa. Un día, al pasar frente a una tienda de numismática, sentí curiosidad por saber qué valor tenía aquella moneda que habíamos conservado durante tantos años. Al cabo de unos días la llevé para que la examinaran.

Se me cayó el alma a los pies cuando el amable señor de la tienda examinó la pieza y me dijo que no tenía ningún valor aparte de su peso en oro. Tratándose de la moneda de oro más pequeña del mundo, obviamente no pesaba mucho.

¿Había sido ingenuidad por parte nuestra pensar todos aquellos años que contábamos con recursos para hacer frente a una emergencia? Me embargó una mezcla de decepción y vergüenza, hasta el punto de que casi tiro la moneda. Apenas habría supuesto una pérdida.

Sin embargo, más tarde me di cuenta de que la moneda simbolizaba nuestra fe. La habíamos conservado todo el tiempo; nunca la habíamos perdido. Y porque anduvimos por fe, Dios nunca dejó de proveer para nuestras necesidades.

Todavía tenemos esa moneda. Es un valioso recuerdo. Y en mi opinión, ha adquirido más valor. 

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