Criar hijos no es nada fácil. No hay atajos. El cambiante mar de emociones en que navegan los niños en las diversas etapas de la infancia puede presentar grandes desafíos a los padres. A continuación detallo algunas estrategias que me han resultado útiles para enseñar a mis hijos a manejar sus emociones negativas. Estimular a temprana edad rasgos positivos como la bondad, el aprecio, la gratitud, la integridad y la generosidad los prepara para hacer frente a las situaciones adversas con las que se toparán más adelante.

Es recomendable que lean libros o vean películas clásicas que muestren el buen efecto de ser optimistas y tener una actitud orientada a la búsqueda de soluciones. Títulos por el estilo de El padrecito, Pollyanna Heidi por dar algunos ejemplos— imparten enseñanzas importantes de forma amena y memorable.

Ser su amigo y confidente en los buenos momentos hace que resulte más fácil conversar y encontrar soluciones juntos cuando surgen conflictos.

A los niños mayores se les puede mostrar que nada sacan con sucumbir a emociones negativas. Conviene contrapesar los argumentos racionales con bastantes palabras de aliento y un toque de humor cuando la situación lo amerite.

Siempre que advierto tendencias negativas en mis hijos empiezo por preguntarme si son un reflejo de algo que ven en mí. En caso afirmativo, lo conversamos desde esa perspectiva y convenimos en solucionarlo juntos. Por ejemplo, yo soy propensa al estrés, que puede derivar en pesimismo. El hecho de explicárselo a ellos ha contribuido a evitar situaciones problemáticas. Ahora los niños entienden que quedarse levantados hasta muy tarde o no asear sus cuartos genera una reacción negativa en mí. Eso los motiva a cooperar más conmigo en los momentos críticos.

Cuando me siento abrumada, me detengo y hago una oración. Eso tiene al menos cuatro efectos positivos: Reduce mi frustración, me ayuda a ver las cosas objetivamente, le concede a Dios la oportunidad de sacarme del enredo en que estoy y les enseña a mis hijos a manejar situaciones de crisis.

Mi marido y yo procuramos no apresurarnos a dar a los niños soluciones para las dificultades y contrariedades que les causan disgusto. Más bien los ayudamos a determinar qué es lo que les ha causado molestia y a buscar sus propias soluciones. Los juegos que enseñan a resolver problemas también son muy útiles.

La mayoría de las situaciones adversas tienen también su lado bueno. Cuando los niños se desaniman o adoptan una perspectiva pesimista sobre algo que les sucedió, procuremos dirigir sus pensamientos hacia los aspectos positivos. Ese ejercicio también es mucho más eficaz si los niños llegan por sí mismos a las conclusiones acertadas en lugar de presentárselas nosotros.

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