Los cristianos suelen decir: «Debes tener fe», o: «La fe es la certeza de que Dios hará lo que le pedimos», o: «Confiar es no tener miedo», y otras frases por el estilo que pretenden resumir y definir la fe. Acá entre nos, a mí me cuesta identificarme con esas afirmaciones.

Hace poco tomaba un café con una amiga y ella me dijo que admiraba mi fe, pues le costaba confiar en Dios con respecto a ciertos aspectos de su vida. Tuve que admitir que yo también había albergado cada una de las dudas y preguntas que ella había ventilado.

No pocas veces me he roto la cabeza con preguntas del estilo de: «¿Cómo puedo saber si tengo fe?», o: «¿Cómo puedo decir que confío en Dios cuando en realidad estoy muerta de miedo?» Lo relaciono con lo que dijo el padre de un niño al que Jesús sanó: «¡Sí, creo, pero ayúdame a superar mi incredulidad!»1. Quiero confiar, mas no siempre tengo una idea clara de cómo se hace eso.

Confiar en Dios ante un fracaso profesional, vicisitudes económicas, la pérdida de un amigo, una mudanza intercontinental, un aborto espontáneo y la infinidad de pruebas que nos presenta la vida cotidiana no es algo que me nazca con naturalidad. He bregado con muchas dudas y resistencia en mi corazón. Le decía a Dios: «Ya sé que eres bueno; pero ¿eres bueno conmigo? ¿Deseas lo que es bueno para mí?»

La fe es un proceso. No necesito tener fe para el resto de mi vida, ni confianza para hacer frente a cualquier eventualidad. Solo tengo que confiar minuto a minuto. He comprendido que no importa que no lo tenga todo resuelto o que me parezca que mi fe es insuficiente. Dios se hace cargo de ello.

Lo que le dije a mi amiga es que nunca me he arrepentido de haber confiado en Dios. Aun cuando mi fe se tambalea, Él permanece fiel. Y como es fiel, podemos confiar en que cumplirá cabalmente las promesas que nos ha hecho en Cristo.

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