Érase una vez, en las lejanas tierras de Uz, un señor llamado Job. Entre todos los habitantes de esa tierra Job era sin lugar a dudas uno de los mejores tipos que había. Un hombre temeroso de Dios y apartado del mal; generoso, amable y trabajador. En pocas palabras: una persona buena y devota1.

Job no solo era un buen hombre; tenía un buen pasar. Había acumulado dinero y poseía tierras, ganado y sirvientes. Tenía esposa y 10 hijos2. Gozaba de buena salud. Era un personaje respetado en la sociedad y tenía amigos por todas partes. Todo el mundo sabía quién era Job3.

Job llevaba una vida bienaventurada. Y ¿por qué no iba a ser así? Era obediente a Dios, aun en los detalles más mínimos. Vivía como Dios manda. Pero un momento, consideremos la siguiente pregunta: ¿Cuándo cuesta más confiar en Dios? ¿Cuando todo marcha bien? ¿O cuando todo parece salir mal? En las adversidades es cuando se descubre realmente la entereza de una persona. Y la mayor prueba de nuestra fe es seguir confiando en Dios aun cuando permite que pasemos por temporadas muy difíciles.

Satanás sabía eso.

—Todo el mundo cree que Job es un hombre bueno y devoto —le dijo a Dios—. Pero cómo no va a ser bueno. ¡Si lo tiene todo! Goza de dinero, tierras, familiares, amigos, respeto. Permíteme quitárselo todo. Entonces veremos si es bueno»4.

Dios accede a ese pequeño experimento, y de un momento a otro Job pierde su fortuna, su ganado, su casa, sus hijos y a la postre su salud5. Enseguida nos enteramos de que queda reducido a una piltrafa sobre un montón de cenizas, rascándose las llagas que lo cubrían de pies a cabeza6. El golpe de gracia lo da su mujer —la única persona en la que podía apoyarse— cuando le espeta:

—¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete7.

A esas alturas muchos seguramente concluyeron que Job había hecho algo muy malo para merecerse tan horrenda suerte, que debió de haberse apartado LEGUAS de la voluntad de Dios; de lo contrario no habría sufrido tantas calamidades. Sentado en su pila de cenizas, Job debió de llegar a la misma deducción. La incógnita de lo que había hecho para merecer semejante castigo debió de rondarle la cabeza. Al no hallarle sentido a su desgracia hizo lo que haríamos muchos en las mismas circunstancias: compadecernos de nosotros mismos8.

Afortunadamente, Job contaba con algunos amigos que acudieron a verlo en su penalidad. Lo encontraron en el miserable estado al que había sido reducido. Los lamentos de Job no se hicieron esperar:

—¡Soy un hombre justo! ¿Por qué me trata Dios de esta manera? ¡Es una injusticia!

A veces cuando pasamos por situaciones peliagudas eso es todo lo que vemos, lo injusto de la situación. Él se había esforzado por vivir como Dios manda, por seguir Su Palabra, por tratar a otros con ecuanimidad. ¿Y lo único que obtuvo a cambio fue esa fatalidad?

Por fin uno de los amigos de Job, Eliú, le dijo:

—Por medio del sufrimiento, Dios rescata a los que sufren, pues capta su atención mediante la adversidad9.

Finalmente Job se embarca en una larga y provechosa conversación con Dios10, tras la cual llega a la conclusión de que, por muy bueno que intente ser o por muy rigurosamente que obedezca a Dios, nunca será mejor que Dios. La grandeza y sabiduría de Dios son infinitamente superiores a las suyas. Lo mejor que puede hacer es confiar en Él. A la postre, Dios interviene y rescata a Job.

El relato de Job da qué pensar cuando nos enfrentamos a nuestros propios problemas. Podemos reaccionar como Job y enojarnos porque no nos está tratando bien; o por el contrario, podemos recurrir a Él, prestarle atención y averiguar lo que desea enseñarnos a través de esa contrariedad.

La verdad es que Dios nunca nos prometió una vida perfecta y libre de complicaciones. Lo que sí nos prometió fue ayudarnos a superar cualquier obstáculo que se nos presentara11. Si somos conscientes de ello, nos malgastaremos tiempo y energías quejándonos de nuestros reveses o bregando para salir de los aprietos por nosotros mismos, porque acudiremos enseguida al Señor en busca de las fuerzas y las soluciones que necesitamos.

Nuestra vida es una sucesión de altibajos. Confiemos en que Dios tiene un buen motivo para los sucesos adversos. Cada uno de ellos lleva aparejada una enseñanza. Sobre todo recordemos lo dicho en el Salmo 34:19: «La persona íntegra enfrenta muchas dificultades, pero el Señor llega al rescate en cada ocasión»12.

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