Algo que encuentro particularmente maravilloso de Jesús es la salvación que nos ofrece, capaz de transformar nuestra vida, está a disposición de cualquiera que se la pida sinceramente y con fe. Puede que la comprensión que tenga uno de la doctrina cristiana sea mínima; pero si el corazón está sediento, si uno ansía tener una relación con Dios, uno la encuentra —de manera clara y definitiva, sin tener que dar nada a cambio— aceptando a Jesús como Salvador. La salvación es sencilla; es un regalo. Uno la pide, la recibe y es suya.

Aunque no tengas una comprensión cabal de los pormenores de la doctrina, puedes tener una fe robusta en Dios. Hablas con Él en oración, y Él te responde. Escuchas Su voz, te beneficias de Su provisión y de Su curación, y te empapas de Su amor. Tienes una conexión con Él, una relación, un trato. Sabes que Él está presente, que es Dios y que existe, no solo por los relatos de la Biblia o por lo que te hayan dicho otras personas, sino porque Él es una realidad en tu vida, y te lo confirma tu experiencia personal.

Ahora bien, es muy importante que hagas progresos en tu conocimiento de la Palabra de Dios y que adquieras cierta madurez espiritual llevando a la práctica sus enseñanzas. Aunque experimentar a Dios es maravilloso, nuestra vida espiritual queda trunca sin la fe que nos da el conocimiento de la Palabra.

Desde muy temprana edad yo sentí la vocación, el llamado de Dios. No sabía cómo responder a ese llamado, pero lo sentía dentro de mí. Alcancé la adolescencia y todavía no sabía cómo responder al llamado. Andaba desorientado. Nada me satisfacía. Me rondaban las eternas preguntas: «¿Por qué estoy en este mundo? ¿Qué sentido tiene mi vida?» Buscaba, pero no encontraba respuestas.

En tres noches consecutivas visité a un amigo que se había integrado a un incipiente movimiento cristiano que a la postre llegó a ser La Familia Internacional. Mientras me dirigía hacia donde tenía estacionado el auto, convencido de que quería consagrar mi vida a Jesús, comprendí que eso no sería posible si antes no entablaba una relación personal con Dios por medio de Jesús.

Recé y recibí a Jesús en mi corazón. En el instante en que lo hice, supe que me había sucedido algo trascendental. El cambio que sentí, la liberación, la clara noción de cuál era mi propósito y sobre todo la profunda paz que invadió mi corazón, fueron sobrecogedores. Sabía que por fin había llegado a casa. Tomé conciencia en ese instante de que Jesús había pasado efectivamente a formar parte de mi vida. No me hacía falta nada para saber que Él era auténtico, que era el Hijo de Dios. Para adquirir esa certeza no me hizo falta en aquel momento ninguna teología ni verdad bíblica. Para mí Él era real, porque yo había tenido una vivencia con Él. Él estaba participando en mi vida, y yo lo sabía en lo profundo de mi ser. Sabía que me amaba, percibía Su amor, y con eso me bastaba. Desde ese día siempre he sabido que Él existe. Lo he experimentado, y no dejo de hacerlo hasta el día de hoy.

No quiere decir que no haya leído y estudiado la Biblia y los escritos de otros cristianos. Eso ha contribuido a que mi fe crezca, al igual que mi comprensión de Dios y mi relación con Él. En los tiempos en que vivimos, en que la gente suele estar muy informada y en que muchos se muestran inquisitivos o escépticos, a menudo se hace necesaria una explicación más profunda de la fe y de la doctrina cristiana para que una persona llegue a entender la necesidad que tiene de Jesús y llegue a aceptarlo. Si te has propuesto difundir tu fe en tu lugar de trabajo, en tu vecindario o entre tus parientes y conocidos, el ser capaz de dar respuestas claras a preguntas profundas y explicar el ideario cristiano se torna más importante de lo que pudo haber sido en épocas anteriores. Tu vida evidencia el fruto de tu fe; no obstante, tu capacidad para expresar con lucidez tus creencias es lo que ayuda a responder las inquietudes que abrigan los demás.

Cuando le preguntaron a Jesús cuál era el mayor de los mandamientos, respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». A ello añadió: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»(Lucas 10:27). Embeberte en la doctrina cristiana podría ser una forma de amarlo «con toda tu mente». Cuando poseemos una mayor comprensión de las verdades, principios y preceptos que constituyen el fundamento de nuestra fe, se fortalecen tanto nuestra fe como nuestra capacidad para expresar las razones que sustentan esa fe. Eso es precisamente lo que nos faculta para responder a todo el que nos pida razón de la esperanza que hay en nosotros (1 Pedro 3:15), lo cual muchas veces resulta clave para transmitir nuestra fe.

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