Nuestro grupo de teatro representa frecuentemente una breve y dinámica escenificación basada en un monólogo de la obra Como gustéis, de Shakespeare, en la que el bardo resume las estaciones de la vida en siete etapas: el bebé que llora, el estudiante reacio, el amante lleno de suspiros, el fiero soldado, el juez sensato, el anciano y, finalmente, la muerte.

Aunque Shakespeare se detiene allí, la Biblia promete una estación más: la vida eterna. Por eso, en lugar de terminar la escena con las palabras «olvido total», como el dramaturgo, preferimos finalizarla con el protagonista despertando en el Cielo, un verdadero desenlace feliz.

Esa escenificación me ha llevado a reflexionar sobre las etapas de la vida por las que atravieso. Pasamos por numerosos ciclos y estaciones, algunos breves, otros prolongados. Cuando estamos enfrascados en nuestros proyectos y labores, viene bien apartarnos un poco y ver cómo se dan esas estaciones. Eso nos permite entender en qué punto nos hallamos en el ciclo de cambio y crecimiento y qué esperar de cara al futuro. Por ejemplo, si estamos pasando por una temporada difícil podemos cobrar esperanza al darnos cuenta de que estamos en un invierno y que la primavera traerá consigo nueva vida.

En el transcurso de mis viajes he notado que en los países que experimentan variaciones estacionales sutiles la flora y la energía son totalmente diferentes que en aquellos que tienen estaciones más marcadas.

Hace poco me di un paseo por las montañas de Rumania, y me asombró lo vibrante que es la vida allí. Por todos lados se veían coloridas flores silvestres, cada una con un buen número de abejas y otros polinizadores garantes de futuras generaciones de flores. La vegetación pugnaba por tener acceso a la luz en todas las parcelas de terreno. Hasta los charcos estaban llenos de renacuajos y una miríada de extrañas criaturas acuáticas.

Por lo visto son conscientes de que no disponen de mucho tiempo y pronto bajarán las temperaturas, que sumirán la tierra, como tantas otras veces, en un profundo sueño. Afecta también a las personas. Da la impresión de que las que viven en países tropicales suelen ser más relajadas y menos inclinadas a trabajar. La naturaleza parece ser igual: la vida discurre lentamente en vez de caer en un estado de latencia y luego estallar.

Aplicar a nuestro trabajo lo que sabemos de los cambios estacionales puede ayudarnos a saber qué esperar. El arte de la guerra, un antiguo texto chino escrito por el estratega militar Sun Tzu, describe cómo se producen los cambios e innovaciones en las sociedades, empresas, naciones e individuos.

Presenta el proceso de desarrollo de una idea, proyecto, innovación, organización o país en cinco etapas o estaciones,simbolizadas por el metal, el agua, la madera, el fuego y la tierra.

En la fase de metal, al comienzo, hay descontento. Se hace patente la necesidad de cambios, pero alguien tiene que echar a rodar el balón.

En la siguiente fase —la del agua— entra en juego la imaginación. Barajamos posibilidades e intentamos figurarnos cómo sería para nosotros el futuro ideal. Dejamos que fluyan las ideas y chapoteamos con ellas hasta que damos con las mejores.

En la etapa de la madera optamos por una idea que procuraremos llevar a cabo y empezamos a reunir recursos. Armamos un equipo de gente y trazamos un plan. En esta etapa el esfuerzo suele ser desproporcionadamente mayor a los resultados.

Al entrar en la fase del fuego, nuestra innovación o proyecto ve la luz y comenzamos a arder. Es preciso mantener el calor y conseguir que otros se interesen, o sea, hacer cundir el fuego entre los demás.

La tierra es la última fase antes de que vuelva a repetirse el ciclo. Una vez que nuestra empresa está en marcha tenemos que lograr que sea sostenible y asegurar su crecimiento a largo plazo sin perder las energías que teníamos al principio. Se hace necesario combatir el deterioro aportando más innovación. De otro modo perdemos lo ganado.

Puede que cada uno se encuentre en una estación o etapa distinta. Eso es saludable. El descontento puede resultar útil para encontrar nuevas direcciones de crecimiento. El agua y las ideas nuevas siempre son necesarios para seguir mejorando. La madera es imprescindible para que nuestras ideas tengan estructura y tren de aterrizaje. El fuego es señal de que estamos logrando resultados y generando calor y luz. La tierra hace falta para alcanzar estabilidad y construir muros de defensa contra posibles reveses y adversidades. Cuando están presentes todos esos factores nos encontramos en un punto ideal en el que podemos prosperar y dar fruto.

Jesús es nuestro buen pastor. Sabe dónde se encuentran los arroyos de montaña y cómo evitar los peligros. Si lo seguimos, nos conducirá a verdes prados y nos ayudará a crecer y prosperar sea cual sea la temporada o estación en que nos encontremos.

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Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo. Eclesiastés 3:1 (NVI)

Sabemos bien que si las estaciones fueran todas iguales no habría crecimiento. Somos conscientes de que sin invierno no habría primavera. Sabemos que sin las heladas no habría bulbos, y sin monzón no habría cosecha de arroz. Del mismo modo, tenemos la certeza de que sin tristeza no habría alegría. Creo que ese es precisamente el origen de la belleza. Nace del fruto de las estaciones. No cabe duda de que Dios lo ha hecho todo hermoso en su tiempo. Naomi Reed (n. 1968)

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